Sobre este Blog

He decidido finalmente hacer públicos mis Apuntes de Misión. Son experiencias de vida que me han marcado y que intento presentar resumidamente para hacer más ágil y amena su lectura.


SOBRE EL AUTOR
El presbítero Belisario Ciro Montoya, pertenece a la Diócesis de Sonsón Rionegro en Colombia y, asociado al PIME (Pontificio instituto de misiones extranjeras), desempeña su ministerio en Bangladesh. Ordenado diácono el 24 de junio del 2011, es sacerdote desde el 29 de octubre del mismo año.

JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES


MENSAJE DEL PAPA BENEDICTO XVI
PARA LA XLVIII JORNADA MUNDIAL
DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
15 DE MAYO DE 2011 – IV DOMINGO DE PASCUA
Tema: «Proponer las vocaciones en la Iglesia local»

Queridos hermanos y hermanas
La XLVIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones que se celebrará el 15 de mayo de 2011, cuarto Domingo de Pascua, nos invita a reflexionar sobre el tema: «Proponer las vocaciones en la Iglesia local». Hace setenta años, el Venerable Pío XII instituyó la Obra Pontificia para las Vocaciones Sacerdotales. A continuación, animadas por sacerdotes y laicos, obras semejantes fueron fundadas por Obispos en muchas diócesis como respuesta a la invitación del Buen Pastor, quien, «al ver a las gentes se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor», y dijo: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies» (Mt9, 36-38).
El arte de promover y de cuidar las vocaciones encuentra un luminoso punto de referencia en las páginas del Evangelio en las que Jesús llama a sus discípulos a seguirle y los educa con amor y esmero. El modo en el que Jesús llamó a sus más estrechos colaboradores para anunciar el Reino de Dios ha de ser objeto particular de nuestra atención (cf. Lc 10,9). En primer lugar, aparece claramente que el primer acto ha sido la oración por ellos: antes de llamarlos, Jesús pasó la noche a solas, en oración y en la escucha de la voluntad del Padre (cf. Lc 6, 12), en una elevación interior por encima de las cosas ordinarias. La vocación de los discípulos nace precisamente en el coloquio íntimo de Jesús con el Padre. Las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada son primordialmente fruto de un constante contacto con el Dios vivo y de una insistente oración que se eleva al «Señor de la mies» tanto en las comunidades parroquiales, como en las familias cristianas y en los cenáculos vocacionales.
El Señor, al comienzo de su vida pública, llamó a algunos pescadores, entregados al trabajo a orillas del lago de Galilea: «Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres» (Mt 4, 19). Les mostró su misión mesiánica con numerosos «signos» que indicaban su amor a los hombres y el don de la misericordia del Padre; los educó con la palabra y con la vida, para que estuviesen dispuestos a ser los continuadores de su obra de salvación; finalmente, «sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre» (Jn 13,1), les confió el memorial de su muerte y resurrección y, antes de ser elevado al cielo, los envió a todo el mundo con el mandato: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19).
La propuesta que Jesús hace a quienes dice «¡Sígueme!» es ardua y exultante: los invita a entrar en su amistad, a escuchar de cerca su Palabra y a vivir con Él; les enseña la entrega total a Dios y a la difusión de su Reino según la ley del Evangelio: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24); los invita a salir de la propria voluntad cerrada en sí misma, de su idea de autorrealización, para sumergirse en otra voluntad, la de Dios, y dejarse guiar por ella; les hace vivir una fraternidad, que nace de esta disponibilidad total a Dios (cf.Mt 12, 49-50), y que llega a ser el rasgo distintivo de la comunidad de Jesús: «La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros» (Jn 13, 35).
También hoy, el seguimiento de Cristo es arduo; significa aprender a tener la mirada de Jesús, a conocerlo íntimamente, a escucharlo en la Palabra y a encontrarlo en los sacramentos; quiere decir aprender a conformar la propia voluntad con la suya. Se trata de una verdadera y propia escuela de formación para cuantos se preparan para el ministerio sacerdotal y para la vida consagrada, bajo la guía de las autoridades eclesiásticas competentes. El Señor no deja de llamar, en todas las edades de la vida, para compartir su misión y servir a la Iglesia en el ministerio ordenado y en la vida consagrada, y la Iglesia «está llamada a custodiar este don, a estimarlo y amarlo. Ella es responsable del nacimiento y de la maduración de las vocaciones sacerdotales» (Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis, 41). Especialmente en nuestro tiempo en el que la voz del Señor parece ahogada por «otras voces» y la propuesta de seguirlo, entregando la propia vida, puede parecer demasiado difícil, toda comunidad cristiana, todo fiel, debería de asumir conscientemente el compromiso de promover las vocaciones. Es importante alentar y sostener a los que muestran claros indicios de la llamada a la vida sacerdotal y a la consagración religiosa, para que sientan el calor de toda la comunidad al decir «sí» a Dios y a la Iglesia. Yo mismo los aliento, como he hecho con aquellos que se decidieron ya a entrar en el Seminario, a quienes escribí: «Habéis hecho bien. Porque los hombres, también en la época del dominio tecnológico del mundo y de la globalización, seguirán teniendo necesidad de Dios, del Dios manifestado en Jesucristo y que nos reúne en la Iglesia universal, para aprender con Él y por medio de Él la vida verdadera, y tener presentes y operativos los criterios de una humanidad verdadera» (Carta a los Seminaristas, 18 octubre 2010).
Conviene que cada Iglesia local se haga cada vez más sensible y atenta a la pastoral vocacional, educando en los diversos niveles: familiar, parroquial y asociativo, principalmente a los muchachos, a las muchachas y a los jóvenes como hizo Jesús con los discípulos—  para que madure en ellos una genuina y afectuosa amistad con el Señor, cultivada en la oración personal y litúrgica; para que aprendan la escucha atenta y fructífera de la Palabra de Dios, mediante una creciente familiaridad con las Sagradas Escrituras; para que comprendan que adentrarse en la voluntad de Dios no aniquila y no destruye a la persona, sino que permite descubrir y seguir la verdad más profunda sobre sí mismos; para que vivan la gratuidad y la fraternidad en las relaciones con los otros, porque sólo abriéndose al amor de Dios es como se encuentra la verdadera  alegría y la plena realización de las propias aspiraciones. «Proponer las vocaciones en la Iglesia local», significa tener la valentía de indicar, a través de una pastoral vocacional atenta y adecuada, este camino arduo del seguimiento de Cristo, que, al estar colmado de sentido, es capaz de implicar toda la vida.
Me dirijo particularmente a vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado. Para dar continuidad y difusión a vuestra misión  de salvación en Cristo, es importante incrementar cuanto sea posible «las vocaciones sacerdotales y religiosas, poniendo interés especial en las vocaciones misioneras» (Decr. Christus Dominus, 15). El Señor necesita vuestra colaboración para que sus llamadas puedan llegar a los corazones de quienes ha escogido. Tened cuidado en la elección de los agentes pastorales para el Centro Diocesano de Vocaciones, instrumento precioso de promoción y organización de la pastoral vocacional y de la oración que la sostiene y que garantiza su eficacia. Además, quisiera recordaros, queridos Hermanos Obispos, la solicitud de la Iglesia universal por una equilibrada distribución de los sacerdotes en el mundo. Vuestra disponibilidad hacia las diócesis con escasez de vocaciones es una bendición de Dios para vuestras comunidades y para los fieles es testimonio de un servicio sacerdotal que se abre generosamente a las necesidades de toda la Iglesia.
El Concilio Vaticano II ha recordado explícitamente que «el deber de fomentar las vocaciones pertenece a toda la comunidad de los fieles, que debe procurarlo, ante todo, con una vida totalmente cristiana» (Decr. Optatam totius, 2). Por tanto, deseo dirigir un fraterno y especial saludo y aliento, a cuantos colaboran de diversas maneras en las parroquias con los sacerdotes. En particular, me dirijo a quienes pueden ofrecer su propia contribución a la pastoral de las vocaciones: sacerdotes, familias, catequistas, animadores. A los sacerdotes les recomiendo que sean capaces de dar testimonio de comunión con el Obispo y con los demás hermanos, para garantizar el humus vital a los nuevos brotes de vocaciones sacerdotales. Que las familias estén «animadas de espíritu de fe, de caridad y de piedad» (ibid), capaces de ayudar a los hijos e hijas a acoger con generosidad la llamada al sacerdocio y a la vida consagrada. Los catequistas y los animadores de las asociaciones católicas y de los movimientos eclesiales, convencidos de su misión educativa, procuren «cultivar a los adolescentes que se les han confiado, de forma que éstos puedan sentir y seguir con buen ánimo la vocación divina» (ibid).
Queridos hermanos y hermanas, vuestro esfuerzo en la promoción y cuidado de las vocaciones adquiere plenitud de sentido y de eficacia pastoral cuando se realiza en la unidad de la Iglesia y va dirigido al servicio de la comunión. Por eso, cada momento de la vida de la comunidad eclesialcatequesis, encuentros de formación, oración litúrgica, peregrinaciones a los santuarios— es una preciosa oportunidad para suscitar en el Pueblo de Dios, particularmente entre los más pequeños y en los jóvenes, el sentido de pertenencia a la Iglesia y la responsabilidad de la respuesta a la llamada al sacerdocio y a la vida consagrada, llevada a cabo con elección libre y consciente.
La capacidad de cultivar las vocaciones es un signo característico de la vitalidad de una Iglesia local. Invocamos con confianza e insistencia la ayuda de la Virgen María, para que, con el ejemplo de su acogida al plan divino de la salvación y con su eficaz intercesión, se pueda difundir en el interior de cada comunidad la disponibilidad a decir «sí» al Señor, que llama siempre a nuevos trabajadores para su mies. Con este deseo, imparto a todos de corazón mi Bendición Apostólica.
Vaticano, 15 noviembre 2010

El hambre y la sed del hombre de hoy






“Vienen días -oráculo del Señor- en que enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua sino de oír la Palabra que sale de la boca del Señor”
(Amós 8,11)




“Cada época tiene su neurosis y cada tiempo necesita su psicoterapia”[1]. Todos los periodos de la historia poseen unas características que marcan su desenvolvimiento, sus problemas, sus preguntas, y sus mismos caminos para elaborar una respuesta, y esto en todos los ordenes en los que se desarrolla la vida humana. Baste el ejemplo desde una visión filosófica: reconocemos una época antigua centrada en el cosmos; una Medieval preocupada por Dios; una Moderna por el hombre y sus capacidades cognitivas, Etc.


Pero lo que hoy vive la humanidad quiero que lo abordemos desde una óptica psicológica, pues de esto modo lo podemos comprender mejor:


Hoy la humanidad está sufriendo lo que Victor Frankl, el gran creador de la logoterapía, ha denominado Vacío Existencial. Hoy los pacientes que se acercan a los psicólogos no lo hacen como en tiempos de Freud, por una frustración sexual, o en los de Adler bajo un complejo de inferioridad, hoy lo hacen porque no le encuentran sentido a su vida.


Según estadísticas en el 2003 en América, después de los accidentes de tránsito, el suicidio ocupo el primer lugar en las causas de mortandad, y los intentos de suicidio según las encuestas son quince veces más altos.


Pero no es sólo en los jóvenes, este problema existencial de sin sentido se demuestra experimentalmente en todos los estadios de la vida humana y en todas las clases sociales.


Cuenta Enrique Huelin, sacerdote jesuita, en uno de sus escritos, una experiencia de su vida de seminario en Italia, en el año 1936, que iluminará nuestra reflexión. En los veranos los estudiantes Jesuitas, ayudaban en un hospital de la ciudad. En su primer día de labores, al padre Enrique le hicieron recorrer todas las dependencias del gran hospital, un verdadero campo del dolor. La última sala que visitó tenía un letrero algo inexplicable, decía: los huerfanitos. Al entrar, una niña se le acerco, vestida de negro, y recitó una sentimental poesía, que daba a entender esta idea: no es esta la sala más triste de este hospital? No tenemos enfermedad en el cuerpo, pero la llevamos en el alma porque somos los huerfanitos. Todos los niños –notaba él- lloraban, pero le llamó la atención que una de aquellas niñas se reía y esto era incomprensible. Cuando se acerco para hablarle una enfermera le detuvo diciéndole: no le hable porque no le va a entender; esa niña se volvió loca el día que se quedo sin padre.


Acaso no es esta la verdadera y más grave enfermedad que padece hoy la humanidad? Huérfanos de Dios, y al parecer contentos, y en esa orfandad. El vacío que experimenta el hombre de hoy es la sed y el hambre porque ha perdido a su Padre, a perdido el único real sentido de su existencia. Hemos perdido a un padre y sufrimos porque somos nosotros quienes le matamos.


A Dios no le mató Nietzsche, con el gran grito de Zaratustra. Porque Dios no ha muerto, somos nosotros quienes lo hemos presentado como muerto, y por eso el mundo hoy se siente huérfano. A Dios lo mataron los cristianos porque así es como lo han presentado, no hemos comprendido el mensaje de Jesús, porque vamos a la guerra en su nombre, porque desvirtuamos el mensaje de Jesús con nuestros actos, y nosotros quienes le hemos matado porque no hemos sabido ser la voz de Dios en el mundo, porque hemos falseado en nuestra vida el mensaje de Jesús.


Y ahora, la humanidad entera, busca un Padre que dé sentido a su vivir. Y ya no ríe como la niña loca, ahora suspira por su progenitor, y busca y clama por un ser que algo que colme de sentido sus vidas.


La tierra tiene hambre y sed del Mensaje de Dios. Los hombres de hoy, de ahora, no están esperando que vayamos a ellos con Biblias y hermosos discursos, quieren que les presentemos un modo distinto de vivir. Dijo alguna vez Mahatma Gandhi, el caudillo de los negros y de la no violencia, cuando le pidieron que escribiera su mensaje a la humanidad: MI VIDA ES MI MENSAJE.


La historia es el entramado de grandes vidas, que han inspirado grandes hechos, pues cada hombre con la integridad de su vida da su mensaje a los hombres. Nosotros hemos sido llamados a dar un Mensaje que no es nuestro, pero que debe ser nosotros. Las palabras hermosas se las lleva el viento, no importa cuan fuerte gritemos, es la vida; no solo las obras, pues ellas pueden ser sólo hipocresía, tu integridad, es la que ha de marcar a la historia.


El hombre hoy llora porque su existencia a perdido sentido, el mundo está huérfano y nosotros tenemos en nuestras manos el que ellos conozcan a su PADRE. SIEMPRE HE DICHO QUE NO DEBEMOS DEJAR DE ANUNCIAR LA VERDAD PORQUE EL MENSAJE ES MÁS GRANDE QUE EL MENSAJERO, PERO AHORA ENTIENDO QUE EL MENSAJE, EL MENSAJE DE JESÚS HA DE SER NOSOTROS MISMOS, NUESTRA VIDA. PORQUE EL MENSAJE, EN REALIDAD ERA EL MENSAJERO. TU YO, SOMOS EL MENSAJE QUE DIOS ENVÍA A LA TIERRA PARA COLMAR SU SED.

Por: Belisario Ciro Montoya

[1] Victor Frankl, Ante el vacio existencial, 2002, Introducción.

NOTA: Esta reflexión ha sido preparada para la meditación de Vísperas Solemnes de Jueves, año 2004, en el Seminario Diocesano Nuestra Señora de Marinilla (Antioquia-Colombia)