Sobre este Blog

He decidido finalmente hacer públicos mis Apuntes de Misión. Son experiencias de vida que me han marcado y que intento presentar resumidamente para hacer más ágil y amena su lectura.


SOBRE EL AUTOR
El presbítero Belisario Ciro Montoya, pertenece a la Diócesis de Sonsón Rionegro en Colombia y, asociado al PIME (Pontificio instituto de misiones extranjeras), desempeña su ministerio en Bangladesh. Ordenado diácono el 24 de junio del 2011, es sacerdote desde el 29 de octubre del mismo año.


Les presento al señor Alfred Hembrom, maestro, catequista católico y además músico, interprete y genuino representante de la tribu Santal en el norte de Bangladesh. Les comparto su historia por petición suya.

Hace algunos meses, en su propio terreno, de la noche a la mañana, un vecino suyo, musulmán, empezó a construir una casa y a reclamar como propio el predio donde el señor Alfred y su familia han vivido y cultivado toda su vida. Después de muchas fatigas y luchas, gastos y penurias, el juez dirimió el caso a favor del señor Alfred, sin embargo, su vecino ha apelado la decisión y por tanto la zozobra y el litigio continúan.
Desafortunadamente el Señor Alfred es solo una de las tantas víctimas de la creciente expropiación de tierras por parte de musulmanes sobre los indígenas en Bangladesh. Son cada vez más los indígenas que pierden sus tierras ancestrales a causa de la propia ignorancia, el miedo y  por la corrupción y la astucia de quienes son mayoría y se sienten con más derechos. El señor Alfred ha venido a pedirme ayuda económica para poder continuar respondiendo al caso, pues en Bangladesh sin dinero no se puede obtener justicia. No es mucho con lo que le he podido ayudar. Por eso apelo a quienes leen este mensaje.
Bangladesh en extensión es aprox. una décima parte de lo que es Colombia, sin embargo, su población es casi cuatro veces más. Los casos de litigios, enemistades y muertes por tierras son una cosa tristemente común. 
Gracias a los que me ayudan a ayudar. Dios les concederá el ciento por uno.



En 2015, Maloti, a sus trece años, fue llevada a Daca la capital del Bangladesh por un familiar suyo que le quería ayudar a conseguir un empleo y a estudiar. El trabajo fue con una “familia rica musulmana”. Después de casi tres años sin tener noticias de ella, Maloti fue traída a su aldea hace unos días moribunda. No podía hablar, levantarse, sentarse, comer; y en pocas horas murió. Su débil cuerpo, torturado por indecibles abusos, fue sepultado pocas horas después y, con él, fue enterrada también la única prueba de esta horrorosa injusticia. Una injusticia que es pan cotidiano en esta parte del mundo. Muchas niñas pobres, musulmanas, hindús o cristianas son “contratadas” para trabajos serviles en casas de familia. Son esclavas en todo el sentido de la palabra. Deben servir a sus patrones como ellos dispongan, y como para Maloti, el desenlace muchas veces es trágico.
Pero qué terrible es cuando a la pobreza material de nuestros tribales en Bangladesh se une la pobreza de espíritu. Pues cuando le pregunte al padre de Maloti si había denunciado el caso o si necesitaba ayuda para hacerlo, cambio la historia. Para él Maloti simplemente se enfermó y murió. Enfermos y muertos sí, pero no ella sino aquellos que cometieron este crimen y nosotros que permitimos que siga pasando.

Señor, Maloti sufrió lo indecible, como tu en la cruz. No hubo quién la defendiera ante sus agresores. Sea tuya Señor la venganza; apiádate de ellos, pero también de nosotros que omitimos nuestro deber de luchar por la justicia. Amén