Sobre este Blog

He decidido finalmente hacer públicos mis Apuntes de Misión. Son experiencias de vida que me han marcado y que intento presentar resumidamente para hacer más ágil y amena su lectura.


SOBRE EL AUTOR
El presbítero Belisario Ciro Montoya, pertenece a la Diócesis de Sonsón Rionegro en Colombia y, asociado al PIME (Pontificio instituto de misiones extranjeras), desempeña su ministerio en Bangladesh. Ordenado diácono el 24 de junio del 2011, es sacerdote desde el 29 de octubre del mismo año.

HOMILÍA EN EL DÍA DE LA MADRE



Juan 15,9-17: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros."
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            Vivimos tiempos difíciles en los que los valores se han ido poco a poco tergiversando. El mundo de hoy moralmente hablando se halla como al revés. El bien es presentado como mal y el mal como bien. Lo que antes era un antivalor hoy se muestra como valor, como algo positivo. Frente a esto, resulta curioso que todos los medios hablen hoy hasta la saciedad de crisis económica mundial, de sus repercusiones, de las graves consecuencias que tiene para todos en el globo. Sin embargo, de esta crisis, que es la peor, una crisis de humanidad, crisis de civilización, la crisis del amor, crisis de valores, no se habla ni se hace nada para evitarla.
            Es tan grave la crisis que vivimos y ha atacado tantos valores que ni siquiera el carácter sagrado y lleno de ternura de la maternidad se ha visto libre de ello. Así para muchas mujeres ser o poder ser madre hoy se ha convertido en algo negativo, casi que en una desgracia. Un valor en sí mismo tan sublime y maravilloso, como este de dar vida cooperando con Dios en la obra de la creación perpetuando la existencia de la raza humana en los hijos, es visto por tantas como un castigo, como una carga, como un problema que les dificultad el disfrute de “sus vidas”, su “realización personal” como profesionales y, en el peor de los casos, un impedimento para la explotación de su libido sexual. Así, el término Madre, que culturalmente para nosotros ha sido siempre sinónimo de amor, se ha ido vaciando de su contenido, de su ternura, del gran significado trascendental que poseía. Se ha transformado simplemente en un término que enuncia la capacidad física de una mujer que, cumplido un acto sexual, ha quedado embarazada.
            Por eso quede claro que nuestro reconocimiento hoy no es entonces para las mujeres que simplemente han hecho uso de esta característica biológica que les ha hecho engendrar vida, vida que después han eliminado con una pastilla, procurando el aborto; vida que han abandonado en un basurero o vida que han despreciado, maldecido o incluso hasta vendido. Estas no merecen ser llamadas madres, pero ni siquiera se les puede llamar bestias, porque ni siquiera las bestias hacen algo así con sus crías (ejemplo: testimonio). Solo un monstruo sería capaz de tal barbaridad.
            Ser madre no es una función física que resida en una parte del cuerpo: el útero, los ovarios o el vientre. Ser madre no es un accidente de la naturaleza que les hizo mujer. Ser madre no es la consecuencia de un error, de una falta de planeación, de un desliz. Ser madre no es cargar por nueve meses con el peso de un ser humano en el vientre y en la conciencia.
            Ser madre es ser como Dios, ser madre es ser como Jesús: ser madre es dar vida y darse por esa vida. El mensaje del Evangelio nos cae - como solemos decir - como anillo al dedo, pues nos dice: “Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos”. Dios en Jesús, como una madre buena, nos ha mostrado el amor más grande dando su vida por nosotros. Una madre de verdad da su vida por sus hijos, sin hacer distinción entre ellos. Una madre de verdad es capaz de darlo todo por el hijo bueno y por el que no es tan bueno; por su hijo profesional como por su hijo drogadicto; por su hijo atleta lo mismo que por su hijo discapacitado; por su hijo católico como también por su hijo evangélico; por su hija maestra como por su hija prostituta.
            Es a estas mujeres a la vez valientes y tiernas, esforzadas y decididas, sacrificadas y generosas, a quienes dedicamos este día. Son estas las cualidades que han distinguido el amor de madre haciéndolo el signo más auténtico y real del amor de Dios. Por esto Juan Pablo II llegó a decir que “Dios es padre, pero más que padre es madre”. Porque como en una madre buena, su amor hacía nosotros sus hijos no conoce límite. Por eso dice la Escritura que: “aunque una madre pudiera olvidarse del hijo de sus entrañas, Dios no nos olvidará”.
            Finalmente hago mi llamado a todos los hijos e hijas: querido, querida hija: no hagas sufrir más a tu madre, no la maltrates nunca más, no sigas abusando de su amor. Que ninguna lagrima de dolor se derrame por sus mejillas por causa tuya. No pagues con oprobio el bien que te ha hecho. (Muchos hoy piensan emborracharse llorando por sus madres muertas). Por el amor de ellas y de Dios ¡No lo hagas! Tu madre, desde el cielo, sigue llorando y rogando a Dios por ti, por tu conversión, no le sumes más dolor. Y tu que la tienes viva: Valora a tu madre ahora que está viva, no puedes esperar a verla abrazada por el frio de la muerte para manifestarle todo el amor que le tienes. Ve y di a tu madre hoy cuanto la amas y cuan agradecido estás con ella, mañana puede ser demasiado tarde.
            Finalmente a todos les digo: “Honremos a nuestra madre”: el único mandamiento que nos ofrece una recompensa para esta vida es justamente el cuarto: “honra a tu padre y a tu madre y será larga y bendecida tu vida sobre la tierra”. Jesús lo dice hoy: “el que me ama guardará mis mandamientos”, es decir, el que me ama me obedece. ¿Quieren honrar a sus madres? ¡Obedézcanles! Es el mejor gesto de amor que pueden tener con ellas.
            A los hijos abandonados, sepan que aunque la mujer que los engendro los abandono, fue Dios quien los llamó a la vida y Él no los abandonará jamás, Él los sostiene, Él es su amigo, Él no les fallará.

Pbro. Belisario Ciro Montoya
Día de madres, Mayo de 2012

Giovanni 8, 2-11


Giustizia Umana e Giustizia di Dio   

Testo del Vangelo:

2 Ma all'alba si recò di nuovo nel tempio e tutto il popolo andava da lui ed egli, sedutosi, li ammaestrava.3 Allora gli scribi e i farisei gli conducono una donna sorpresa in adulterio e, postala nel mezzo,4 gli dicono: «Maestro, questa donna è stata sorpresa in flagrante adulterio.5 Ora Mosè, nella Legge, ci ha comandato di lapidare donne come questa. Tu che ne dici?».6 Questo dicevano per metterlo alla prova e per avere di che accusarlo. Ma Gesù, chinatosi, si mise a scrivere col dito per terra.7 E siccome insistevano nell'interrogarlo, alzò il capo e disse loro: «Chi di voi è senza peccato, scagli per primo la pietra contro di lei».8 E chinatosi di nuovo, scriveva per terra.9 Ma quelli, udito ciò, se ne andarono uno per uno, cominciando dai più anziani fino agli ultimi. Rimase solo Gesù con la donna là in mezzo.10 Alzatosi allora Gesù le disse: «Donna, dove sono? Nessuno ti ha condannata?».11 Ed essa rispose: «Nessuno, Signore». E Gesù le disse: «Neanch'io ti condanno; và e d'ora in poi non peccare più».


Riflessione

      B. Pascal diceva che gli uomini mai compiono il male così gioiosamente e allegramente come quando lo fanno per motivazioni religiose.

       Infatti, uccidere questa donna non avrebbe provocato per nessuno dei suoi giustizieri un rimorso di coscienza, anzi, ne sarebbero stati fieri, perché la loro condotta avrebbe glorificato Dio. Cioè avrebbero ucciso una peccatrice per estirpare il peccato da mezzo a loro; poiché cosi è scritto nella Sua legge: «se una donna commette adulterio sarà lapidata, perché svanisca il peccato da mezzo a voi» (Cf. Lv 20).

       Cari fratelli: Non possiamo non riflettere, leggendo questo testo, sulla realtà di sofferenza dei cristiani perseguitati oggi, particolarmente in tante nazioni d’Oriente. Una donna come questa del vangelo, ci si presenta proprio oggi in carne viva nella figura di Asia Bibi. Ambedue donne, ambedue giudicate secondo ciò che sarebbe il volere, la giustizia di Dio o di Allah. Asia Bibi aspetta nel Pakistan l’esecuzione. Il suo delitto: offendere Allah o il suo profeta, per cui secondo la legge della sharia, che comanda di uccidere chi bestemmia contro Maometto, essa deve morire.

       Però Asia Bibi purtroppo non è l’unica. Lei è divenuta il simbolo. Ma lInternational Bulletin of Missionary Research nella sua relazione di quest’anno sullo status globale della missione, stima che in media vi siano stati 270 nuovi martiri cristiani ogni 24 ore negli ultimi 10 anni. Ciò vuol dire che tra il 2000 e il 2010 sono stati martirizzati intorno ad un milione di cristiani.     Si tratta di una realtà sconvolgente. Ed è qualcosa quasi incredibile che ci sia nel nostro secolo.

       Ma dobbiamo stare attenti: Facilmente potremmo pensare e concludere che il problema di tutto ciò risieda nel corano o in Maometto o nei suoi particolari comandamenti. Invece ricordiamoci che molto tempo fa anche noi cristiani non avevamo dubbi nel condannare o bruciare al rogo i blasfemi, gli eretici, e tutti quelli che non si attenevano alla nostra legge, alla nostra interpretazione della giustizia divina.

       Quindi, qual’è l’origine di questo problema? Forse sia Dio o Allah che non è giusto e comanda o permette agli uomini compiere l’ingiustizia, perfino nel suo nome? Come possiamo noi discernere l’autentico volere e la vera giustizia di Dio?
       
Il beato Giovanni Paolo II, in proposito, commentando questo brano del vangelo diceva: «Il fatto del Vangelo odierno non ci induce forse a paragonare queste due "giustizie"? La giustizia umana e quella di Dio? Non vediamo come la giustizia umana è limitata? Come talvolta il "summum ius" può facilmente dimostrarsi "summa iniuria"?» (Juan Pablo II, Insegnamenti 1989).
      
Sfortunatamente la tentazione di considerarci giudici degli altri davanti a Dio e peggio ancora in nome di Dio ci sta sempre dinanzi. Che possiamo dire allora? Quale sarebbe l’atteggiamento giusto davanti a questi fatti di ingiustizia così spregevoli verso i nostri fratelli nella fede? Li condanniamo? Bastano dunque le parole? O cosa possiamo fare, quale reazione e più conveniente? Ci sdegniamo? Oppure li sottovalutiamo e restiamo indifferenti lasciando passare , lasciando correre.
       
È chiaro intanto che il problema non è Mosè nè la sua legge, non è Maometto nè il suo Corano, nè tantomeno Gesù o il suo vangelo. Il problema siamo sempre noi, uomini ciechi, sia che seguiamo Mosè, Maometto o Gesù. Perché sempre vogliamo giudicare tutto e tutti in nome di Dio, ma non si tratta più che della pericolosa pretesa di divinizzare la nostra giustizia umana.
       
Cari amici: Davanti a Gesù fu portata questa donna con l’obbiettivo di metterlo alla prova e testare il suo modo di far giustizia. È Gesù ci indica un modo assai nuovo di farla. Il suo gesto di scrivere per terra, dimostra che lui ci conosce e ci capisce. Sa di che cosa siamo fatti, sa bene che la sua legge è stata scritta sulla polvere. Perció il suo verdetto è: «chi è senza peccato scagli per primo la pietra». O, per dirla parafrasando un’altra sentenza evangelica: «togliete prima la trave dai vostri occhi e poi ci vedrete bene per togliere la pagliuzza dall'occhio di questa donna» (Cf. Mt. 7,5). Quindi «il figlio dell’uomo non è venuto per condannare». E se Dio, Gesù, non ci condanna: Quale uomo può allora condannarci? E noi, chi siamo per condannare gli altri?
       
Come cristiani, cioè unti, noi dobbiamo essere altri Cristo, e a maggior ragione se sacerdoti, amministratori della misericordia di Dio nel confessionale. Siamo chiamati dunque a capire come Gesù la debolezza di tutti gli uomini per risollevarli dal peccato, coscienti che la legge divina è stata scritta su una carne che Dio ha sollevato dalla polvere, una carne perciò debole e tante volte piena di sporcizia, ma innanzitutto amata da Dio in modo folle.
       
Noi non ci possiamo permettere un’atteggiamento come quello dei farisei del vangelo o delle fazioni fanatiche musulmane d’oggi. Anzi, così come «Cristo morì per gli empi», noi dovremmo essere pronti a donare la nostra vita, non solo per gli amici, ma persino per i propri nemici: il cristiano non vince il nemico uccidendolo, ma lasciandosi uccidere da lui, pronunciando le parole del suo Signore: «perdonali o Padre, perché non sanno quello che fanno», e così siano pure loro salvati. Come scrive Paolo ai Romani: Anche se solo a stento, qualcuno è disposto a morire per un giusto o per una persona buona, Dio ci dimostra il suo amore nel fatto che mentre eravamo ancora peccatori, Cristo è morto per noi» (Cf. Romani, 5, 6-8).
       
Qualcuno infatti diceva che non poteva credere in nessuna religione. Non riusciva a capire come i loro adetti potessimo gioire ed essere tranquilli, dicendosi salvati, guardando intorno altri invece secondo loro condannati. Ma no. Questo non è essere cristiano. Noi siamo messaggeri di salvezza e mai di codanna o non siamo veramente cristiani! Gli uomini si sentono condannati e perció oggi più che mai, hanno bisogno di questo messaggio.
       
Il martirio non ci può scoraggiare. Andiamo avanti anche incontro a questo senza paura, confortati in Cristo che ha vinto il mondo. Disposti a subire l’ingiustizia prima che provocarla.
       
Fratelli: Forse non ci siamo ancora accorti, ma il cammino della Chiesa di tutti i tempi non è e non può essere diverso a quello del suo Maestro e dei suoi primi discepoli. Anche Gesù è morto come un bestemmiatore, condannato dalla religione istituita, rendendo testimonianza, cioè Martyria della verità. E pure oggi noi, Chiesa di Dio, prendiamo il posto della donna peccatrice ogni volta che siamo giudicati dal mondo. Questo mondo accusatore che non dubita nello scagliare contro di noi ogni tipo di schiaffi, che non ha riguardo nello scoprire la nostra nudità, le nostre debolezze e i nostri peccati. Ma come è successo all’adultera anche noi possiamo sentirci dire oggi da Gesù: “Chiesa mia, ti ho difesa dalla lapidazione, ti ho liberata dalla morte inevitabile. Ma non ti ho liberata dalla voce della tua coscienza, dal comando Divino che è dentro di te. Perciò, anche se il mondo ti vuole condannare, io non ti condanno. Và in pace! E d'ora in poi non peccare più”.

Belisario Ciro Montoya
Cappella del Collegio Maria Mater Ecclesiae
Adorazione Eucaristica 26 Maggio 2011